La Librea como seña de identidad del Valle de Guerra

 

En varias anotaciones he comentado que La Librea se erige como Seña de Identidad del Valle de Guerra desde los primeros años del siglo XVII. Esa identificación del pueblo con su símbolo  persiste y se incrementa con cada celebración desde 1982, cuando se escenificó por primera vez el Auto Sacramental.

Tanto la antropología como la psicología y la filosofía han estudiado las señas de identidad de los pueblos, y sobre el particular se han escrito tesis doctorales, así como verdaderos tratados. Haré reseña aunque sólo sea de pasada, a algunos importantes autores que se han expresado sobre el particular, trayendo al caso las opiniones de los ilustres filósofos Ortega y Gasset, y Gustavo Bueno.

La definición que la Real Academia Española de la Lengua hace de “Seña” dice: Vestigio que queda de algo y lo recuerda. Manifestar sus circunstancias individuales; describirlo de forma que se pueda distinguir de otra cosa.

Ya en esta definición podemos acomodar sin discusión el acontecimiento de La Librea del Valle de Guerra: La librea es un vestigio de las antiguas fiestas de exaltación; su permanencia en el tiempo es excepcional, y recuerda un suceso singular, imitándolo mediante la recreación del suceso de la Batalla de Lepanto. Al mismo tiempo La Librea se manifiesta con unas características propias y por tanto irrepetibles, vinculadas al origen de su nacimiento y al desarrollo paralelo de su ámbito sociocultural que es el Valle, al que los campesinos de diferentes lugares de la isla acudían a podar o vendimiar las viñas que cubrían la casi totalidad de su tierra de cultivo. Estas celebraciones nada tienen que ver con cualquier otra celebración acaecida en otros lugares.

El filósofo Gustavo Bueno dice que la “seña de identidad” no se debe interpretar en función de una esfera cultural presupuesta,ni siquiera por las semejanzas que pueda mantener con instituciones de otras esferas culturales, sino por lo que tiene de revelación, indicio o seña de una identidad en sí misma; y eso es precisamente lo que revela La Librea del Valle de Guerra, pues cuando La Librea aparece por primera vez, no lo hace invadiendo una cultura presupuesta del pueblo -pues apenas éste se estaba formando como tal pueblo por personas que en su mayoría procedían de lugares distantes de la isla de Tenerife, de otras islas, de la Península, o de descendientes de aquellos que se incorporaron tras la conquista-, sino que la cultura del pueblo se desarrollaba paralelamente al suceso de la incorporación de La Librea a sus costumbres, coincidiendo con la incorporación de la imagen de la Virgen del Rosario a la ermita que se acaba de fundar; es la ermita el centro de reunión común sin distinción de procedencia, de todos aquellos trabajadores que venidos de lugares diferentes a desempañar las labores agrícolas temporalmente, se funden con los escasos habitantes del Valle en aquellos momentos. Todos tienen las puertas de la ermita abiertas; con ese deseo se fundó, y el elemento de unión de todos aquellos trabajadores es la Virgen del Rosario. Justo en ese instante la Virgen del Rosario se convierte en el Símbolo de los vecinos, y La Librea que se representa en su honor se convierte de facto en su Seña, de la que ningún otro pueblo de su entorno posee en aquellos momentos, ni poseería hasta pasado más de un siglo; este dato es fundamental para dar a La Librea la consideración de Seña de Identidad, pues casi cuatrocientos años después, no ha habido ni hay en Canarias un fenómeno sociocultural tan arraigado a la identificación de un territorio y de sus moradores, como lo es La Librea del Rosario para el Valle de Guerra y los valleros.

  

Por otro lado, el filósofo Ortega y Gasset habla del concepto de “identidad cultural” como resultado de un proceso de construcción social de la identidad. En este sentido, el nacimiento de La Librea del Valle de Guerra no se hubiera producido de no haber existido una demanda popular, es decir, vecinal (si bien los habitantes del Valle de Guerra no llegaban al centenar); pero al mismo tiempo, esto surge paralelamente con el nacimiento de una estructura social que se irá construyendo a partir de este suceso, convirtiéndose en un motivo de cohesión de los vecinos en torno al Símbolo, es decir, en torno a la Virgen del Rosario, a la que terminarían reconociendo como su Patrona en el momento que se tiene conciencia de grupo cohesionado que reúne características propias, circunstancias diferenciadas que terminarían configurando su idiosincrasia, como veremos más adelante.

Dice Ortega y Gasset que, la identidad cultural actúa en función de conciencia de sí mismos, de su permanencia en el tiempo. Efectivamente, cuando el grupo social constituido por los vecinos del valle de Guerra a medida que transcurren los años, mantiene su identidad simbólica en el tiempo no sólo están expresando la cohesión del pueblo, sino que también están identificándose con el Símbolo y con los valores que representa; al mismo tiempo adquieren conciencia de que son diferentes al otro (entiéndase a otros pueblos) y como consecuencia se aceptan a sí mismos aceptando su propia identidad -por contraposición al rechazo que se hubiera producido si en lugar de la conciencia de sí mismos, hubiese habido desconocimiento de la identidad-, con el valor añadido de que aquellas personas provenían de lugares diferentes con costumbres diferentes, y el elemento simbólico común a todos es la Virgen del Rosario, y La Librea su seña.

El antropólogo Robert A. Levine explica que cuando el grupo social tiene conciencia de sí mismo, recurre al Símbolo, participa de él hasta tal punto que se integra como parte, asumiéndolo, momento en el que surge una identificación del grupo con la simbología, cuya repercusión inmediata es la adecuación de su personalidad al fenómeno simbólico; es decir, permite que la simbología se integre en su personalidad, en su forma de comportarse, y por tanto también de pensar, configurando su idiosincrasia; es entonces cuando el pueblo sin proponérselo, adquiere el fenómeno de la simbología como Seña de su Identidad propia, y así es visto por los otros (pueblos); puede decirse que entonces el Valle de Guerra adopta La Librea como su Seña de Identidad.

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