Antecedentes

 

La vida europea que transcurría durante la segunda mitad del siglo XVI, estaba presidida fundamentalmente por el signo religioso. El Calvinismo duro e intransigente había logrado extenderse por el continente, mezclando las creencias religiosas con las políticas, dando lugar a las llamadas guerras de religión, en las que España durante el reinado del emperador Carlos V en primer lugar, y de Felipe II después, se vio envuelta con importantes victorias.

Felipe II se caracterizaba precisamente por ser un gobernante de mucho prestigio en Europa, gracias a su defensa del catolicismo allí donde fuese preciso. Tres potencias principales dominaban el Mediterráneo durante la segunda mitad del Siglo XVI coincidiendo con el reinado de Felipe II: España, Venecia y el Imperio Turco que, poco a poco iba avanzando sobre la parte oriental de este mar, abarcando además del continente europeo, parte del asiático y del africano.

El emperador turco era Selim II, un hombre de crueldad afamada, negligente, avaro, al que le gustaba el vino en demasía, con sentimientos desmesurados de poder que le cegaron hasta tal punto que hizo desaparecer como herederos al trono a sus hermanos Mustafá y Bayaceto, quedándose él como gobernante de los cuarenta gobiernos que conformaban el Imperio de la Media Luna: ocho en Europa, cuatro en África, y veintiocho en Asia, sin contar a Valaquia, Ragusa, Transilvania y Moldavia.

Con todo lo anterior, la vista de Selim II estaba puesta -al igual que ocurrió con sus antecesores-, en la recaudación económica que permitiera costear los santos lugares de Medina y La Meca, y terminar la Gran Mezquita de Andrinópolis. La isla de Chipre, de soberanía Veneciana, se convertiría a partir de entonces en el objetivo primero de sus operaciones militares. Pero al sultán se le presentaba un serio dilema como consecuencia de que Turquía tenía firmado un acuerdo comercial y de cooperación con Venecia que tendría que romper unilateralmente.

La conveniencia de romper o no los acuerdos con Venecia, le vino resuelta a Selim en una Fetva del Gran Muftí que decía que “todas las tierras que hubieran pertenecido al islam (es el caso de Chipre) debían ser arrancadas al infiel, aunque hubiese que recurrir a la violación de los acuerdos existentes, ya que el carácter piadoso y meritorio de la obra lo justificaba por el provecho que se obtendría para el creyente.”

El Sultán nombra rey de Chipre a Joseph Nassy al tiempo que le advierte:   

“ Las buenas relaciones de las que disfrutan Turquía y Venecia no deben verse estropeadas, siendo como es una ambición la Isla de Chipre, confiando en el poderío de nuestra armada. Una joya como Chipre no debe estar en manos venecianas, ya que fue disputada a los fenicios por los griegos y a estos por los asirios; fue egipcia con Ptolomeo, persa con Ciro, romana con Augusto, inglesa con Ricardo Corazón de León, y ahora veneciana tras la cesión de Catalina Corvaro. Dueño de ella, nadie, por grande que pueda ser su arrogancia, osará cruzar por las aguas que vienen a postrarse ante Constantinopla, Madre del Universo.”

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