La Liga Santa

 

Un fuerte sentimiento de unidad patriótica inunda a los venecianos; sin embargo, la república no disponía de los recursos militares necesarios para defenderse de la invasión otomana, ni tampoco contaba con los medios económicos que permitieran costear los gastos de una guerra. Así rápidamente se arbitra la venta de propiedades del estado, se obliga al clero a contribuir con tres décimas de sus rentas, se sacan a pública almoneda ocho plazas de procuradores por valor de veinte mil ducados y se acude a la generosidad particular. Pronto estará dispuesta la flota al mando de Jerónimo Zanne.

Mientras, La Media Luna tenía preparada una potente flota comandada por Pirí-Bajá para ser enviada al asalto de Chipre. Pero antes, el once de febrero de 1570 sale de Estambul una comisión de emisarios del Sultán, que llegan a Venecia el domingo de Pascua de Resurrección con una carta del soberano reclamando Chipre, bajo la amenaza de ir a la guerra en caso de negativa a sus pretensiones de obtener Chipre por las buenas, acusando a los venecianos de violar las fronteras turcas por Dalmacia, de amparar en Chipre a los corsarios ponentinos y de molestar a los vasallos de La Puerta dedicados al comercio, así como a los peregrinos que se encaminaban a La Meca:

      “Yo, Selim II, Sultán, Emperador de Constantinopla, de Roma, África, Asia, y Trapisonda; Rey de Ponto, Bitinia, Acaya, Arcanania, y Armenia; Señor de la gran Tartaria con la pequeña y de todas sus provincias; Rey de Arabia, Turquía y Rusia; Soldán de Babilonia, de Persia, de Egipto, y de la gran India; Señor de toda la tierra que riega el río Ganges con sus siete ramos; y universalmente de cuanto el sol con su veloz curso rodea; descendiente de la alta casa de los dioses; hijo del Gran Solimán; destruidor del pueblo cristiano, y domador del universo :

      A Vos, los injustos poseedores y defensores del Estado y Señorío que me pertenece, envío salud para con más razón poder ejecutar lo que estoy obligado contra vosotros y contra todos aquellos que osaren favoreceros, derramando vuestra sangre con mi invencible espada, si no me entregáis el reino de Chipre que tanto tiempo hace que tenéis injustamente ocupado, y que me pertenece como Señor de Suria y Egipto, y sucesor del Imperio de los Mamelucos; y también porque a nuestra excelsa Puerta  son muchos los venidos a quejarse de los malos tratamientos que les hacéis. Y así iré por mar y por tierra contra vosotros, y a manera de una arrebatada y rigurosa tempestad, destruiré todas vuestras fuerzas, y os haré tal guerra que no podréis dejar de ser destruidos, muertos y vituperados, porque así lo prometió nuestro gran profeta Mahoma. Pero si queréis salvaros de tanta miseria y calamidad, como os está aparejada, enviaréis orden a vuestros ministros para que, quitando de los presidios a las gentes que no se quisieren quedar allí, y las tropas, artillería y municiones, me entreguen el dicho reino, con lo cual, si lo hiciereis, os continuaré con mi antigua amistad, y no concediéndome lo que pido, verme contra vosotros con sanguinosa espada; y no solamente tomaré aquel reino, sino que aún destruiré todo el estado veneciano. Y porque entendáis más claramente la justa causa con que me muevo, os envío este embajador, el cual lleva poder bastante para que, si luego no concediereis lo que pido, os notifique y ultime la guerra por mar y por tierra, con destrucción de todos vuestros Estados.

      Dada en la ciudad imperial de Constantinopla, donde fueron vencidos, muertos y destruidos todos vuestros antecesores, por no haberse querido sujetar a los míos, como acaecerá de vosotros.

Año cuarto de nuestra coronación”.

El Dux Veneciano trata de reprimir su ira ante el embajador turco, y calculando sus palabras para no decir nada de lo que más tarde pudiera arrepentirse, le hace saber su inmenso disgusto por las pretensiones del Sultán, al que se dispone hacer frente si fuese necesario, entendiendo que la justicia está de su lado:

      No se puede negar que el Reino de Chipre es sumamente oportuno para aumentar la renta y la gloria del Imperio Otomano; pero no pudiéndose hacer esto sin mover a la guerra a venecianos, considero que no hay ocasión bastante por la cual debamos ser molestados. Nunca pensara, ni hubiera creído jamás que Vuestro Señor, sin ninguna causa ni razón, hubiese roto la paz que con esta Señoría tenían sus antecesores, y que ha sido por él confirmada en solemnísimos juramentos; mas, puesto que a él le place de hacer con nosotros esto, nosotros nos defenderemos gallardamente, confiando en Dios. Decid a vuestro Altísimo Señor, que si a la grandeza de su altísimo nombre conviniese usar libremente de la fuerza y las armas sin razón y justicia, no hay duda ninguna de que no solamente Chipre habría sido tomado, sino cualquier otra provincia del mundo, por lejos que estuviese. Mas considero que por divina voluntad de Dios, y el fuerte brazo de la justicia, no conviene a persona del altísimo grado suyo, ni al nombre supremo de Selim, usar de violencia alguna contra aquellos que una vez con grandes juramentos, prometió paz, y firmó con su mano los capítulos de ella.

Venecia dispone de la más importante flota comercial del mundo, pero nada podrá hacer ante la también poderosa armada turca pues, sólo en el último año en los astilleros del Imperio, Solimán ha podido construir 150 galeras con la posibilidad de seguir aumentando el número, dado que dispone de la materia prima necesaria, ya que sus talleres se autoabastecen con madera de los bosques de Bitinia, hilaza del Mar Negro, hierro y sebo de Bulgaria, cuerdas de Tracia, estopa de Macedonia... Las bodegas de estas galeras portan un ejército de asesinos, ladrones, violadores, sedientos de sangre y vino... El Dux lo sabe; sabe también que si el ejército turco invade la isla de Chipre, la República no dispondrá de la artillería y personal necesarios para defenderse, lo que  hace urgente una gestión diplomática ante el Papa, cuya autoridad moral podría hacer traer a su voluntad al Soberano español para que disponga su ejército  en ayuda de Venecia, sabiendo como sabe el Dux, que España es el único estado europeo capaz  de hacer frente al turco, y que Felipe II es un defensor del catolicismo allí donde sea preciso como antes lo hiciera su padre, el Emperador Carlos V.

La indefensión de Venecia era tan evidente, que el Dux se dirigió al Papa pidiéndole intercesión ante el rey de España para que le prestase ayuda militar, sabiendo que era un defensor del catolicismo, y el único soberano con poderío real.

El Papa envía un correo a Felipe II proponiéndole una Liga frente al turco, al que contesta el rey que promete la guarnición de las costas italianas y la unión con la flota veneciana, pero reservándose meditar si entra o no en La Liga, habida cuenta de que sospecha de la desconfianza de los venecianos hacia España.

Felipe II ordena el 15 de junio que una flota zarpe hacia Mesina al mando de Andrea Doria, pero ya desde mitad de mayo había partido de Turquía una potente flota en dirección a Chipre, a donde llega el 1 de julio para asaltar la ciudad de Nicosia, fracasando en el intento por ser fuertemente defendida.

La flota veneciana navega bajo las órdenes de Zanne y Palaviccino, pero una gran epidemia desatada en los bancos de remeros les hace perder a veinte mil hombres; mientras, los refuerzos de los asaltantes turcos llegan a tiempo de doblegar Nicosia, con lo que a partir de entonces una ciudad tras otra caen en manos turcas, y cuando sólo permanece en pie Famagusta aún no ha partido el ejército de La Liga, haciéndolo el 13 de septiembre, con tan mala suerte que un fuerte temporal dispersa la flota y ésta se disgrega.

El disgusto de toda la cristiandad es tan grande que nuevamente el Papa convoca concejo para formar La Liga en marzo de 1571, esta vez con éxito.

Finalmente se reúnen los representantes encargados de elaborar el tratado de una Liga común para hacer frente al Imperio Turco: por España asisten don Francisco Pacheco Ossorio y don Juan de Zúñiga; el plenipotenciario de Venecia es Miguel Suriano, y el Papa se representa a sí mismo, conocido como Pío V “El Anacoreta”.

      -Teniendo noticia de que el cruelísimo tirano de los turcos, con gran aparato de guerra ha atacado y expugnado la Isla de Chipre, tierra muy cercana a los lugares de la casa donde Nuestro Señor Jesucristo nació, padeció y murió, conformándome con lo que dice el profeta Ezequiel por excusar el cuchillo y castigo que nos amenaza, he procurado despertar y mover a vuestros príncipes, para que con ayuda y consejo común resistáis al enemigo, para lo cual he procurado que el Serenísimo Rey de España, y el Ilustrísimo Dux de Venecia, hagan liga y unión con Su Santidad, para defensa y ofensa de la crueldad de los turcos, induciéndoos a lo que cada uno debe y está obligado a Dios Omnipotente : fe y religión cristiana, y evitar el grande y general peligro.

      - Sabéis que España es apretada por muchas partes. Las guerras de los Países Bajos desangran los Tercios y las Arcas; los moriscos de Granada se han alzado en armas; los corsarios berberiscos nos obligan a vigilar las plazas de África y del litoral Mediterráneo; los piratas ingleses se apoderan constantemente de los tesoros de Las Indias... Cierto es que Su Majestad ambiciona aniquilar al turco, pero su ejército no es lo suficientemente fuerte para atacar a la vez en tantas tierras y tantos mares.

      - No hay sacrificio que deba ahorrarse, ni esfuerzo que pueda ser regateado. El turco desafía a Venecia, y todo el que se precie de católico queda obligado a correr en su ayuda.

      - Como piadoso pastor os traigo a  voluntad; allanad todas las dificultades que por medio hay, y remediemos las que  puedan nacer. No hay en mí, más que una sola idea: la gloria de Cristo y el bien común de la cristiandad; y poco de mí puede Venecia ser socorrida, tanto por ser pocas mis fuerzas, como por hallarme también en carestía de medios. Dos cosas ayudan mucho a cumplir con estas obligaciones y a allanar las dificultades: que la formación de La Liga se trate con grandes esperanzas como hay razón para tenerlas, y que se considere que el gasto que ahora no hagamos  se hará más adelante con mayor peligro y daño, pues si dejamos que se recupere el enemigo, nosotros estaremos más flacos de fuerza y gente.

      -El primer amigo que tuve fue Vuestra Santidad; y siendo conocedor de ello, entenderá que nadie como yo desee entrar en esta Liga; y siguiendo los pasos de los Reyes, mi predecesores de ínclita memoria, y no apartándome de mi antigua costumbre, que es el bien común y ensalzamiento de la religión cristiana, con gran voluntad heme aquí para efectuar la dicha Liga.

Durante tres días Pío V se entrega a la oración y a la penitencia, y al cuarto,  que hace el número 20 de aquel mes de mayo, celebra una misa en la que, tras la lectura del evangelio y en el desarrollo de la homilía, expresa solemnemente las siguientes palabras: “ fuit homo missus a Deo cui nomen erat Ioannes” – hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan-, con las que comunicaba públicamente el nombramiento de Juan de Austria como General en Jefe de La Liga Santa. Y aunque en principio no fue aceptado por los embajadores de Venecia, terminarían haciéndolo ante la inflexión de Su Santidad, y firman los acuerdos:

  • La Liga tendrá carácter perpetuo, y actuará tanto sobre los turcos, como sobre los moros de Túnez, Trípoli y Argel.
  • Las fuerzas ascienden a doscientas galeras, cien naves de carga, cincuenta mil infantes, cuatro mil quinientos caballos ligeros, y el conveniente aparato de artillería y municiones.
  • Cada año en el mes de marzo, y a lo sumo en abril, estarán listas estas fuerzas para las empresas del Levante.
  • El año que no haya empresa común, podrá cada confederado por su cuenta hacer la suya.
  • Los estados implicados en estos acuerdos, serán defendidos recíprocamente en caso de verse amenazados por los turcos; principalmente las tierras y lugares de la Iglesia.
  • Para los gastos de la guerra, España contribuirá con tres partes de cada seis; Venecia con dos, y la otra parte corre a cuenta de los Estados Pontificios.
  • Los tres capitanes generales de los aliados, administrarán y gobernarán la guerra; y la ejecución y determinaciones corresponden al capitán general de la Liga Santa don Juan de Austria, y en su ausencia a Marco Antonio Colonna.
  • Las plazas adquiridas se repartirán entre los aliados, según los acuerdos establecidos en 1537.
  • De todas las discrepancias que puedan suscitarse, será juez Su Santidad Pío V o quien le suceda.
  • Ninguno de los confederados podrá firmar treguas, paces, ni alianzas con los turcos, sin el consentimiento de las demás partes.

      - Hemos de alegrarnos de teneros por ejecutores de esta Empresa. Vuestro amor, diligencia, experiencia y fidelidad, me permiten dormir seguro. Vuestro valor invencible y determinado ánimo, juntado con la buena fortuna que Dios os tiene prometida, hará temblar al turco guardándoos aquel respeto propio de su superior. Dejad los afectos de pasión aparte; despojaos del interés; pagaos de la razón; respetad la venerada memoria de Nuestro padre el Emperador Carlos V.  Obedeced a la ley de Dios. Esto, y cuanto en el intrínseco de mi corazón siento, me ha forzado a deciros que roguéis a Dios como lo hago yo, para que os haga justo en vuestras decisiones, en vuestros hechos gloriosos; y que por mar y tierra os teman vuestros enemigos, y que vuestros amigos os reverencien perpetuamente.

A las 3 de la tarde del 6 de junio, don Juan de Austria parte de Madrid a caballo rumbo al puerto de Barcelona. Durante su recorrido visita los santuarios de las ciudades por las que pasa, y tras asumir el mando de la flota, parte el 20 de julio rumbo a Mesina, lugar de encuentro de todas las flotas de La Liga, a donde llega el mediodía del 24.

El dieciséis de septiembre, antes de partir la armada cristiana de Mesina para dirigirse al puerto de Corfú, don Juan escribe una carta a García de Toledo –embajador del Rey en Roma-, comunicándole su intención de partir hacia Corfú en busca del turco:

      “... Considerando que la armada turca sea superior a esta de La Liga, según las avisas que se tienen, debo decir que no lo es en cualidad de navíos ni de gente, y confiando en Dios Nuestro Señor, cuya es esta causa, y que nos ha de ayudar, he tomado resolución de irla a buscar; y así me parto esta noche a Corfú, y de allí iré a donde entendiere que está".

El día 29 se conoce que el lugar del turco es Lepanto. El 3 de octubre levan anclas, se enfrentan con varios temporales a la par que reciben confirmación de que la flota turca continúa en Lepanto y de que Famagusta ha sucumbido a los ataques de Mustafá con iniquidades horribles. 

 

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