La Batalla

 

A las 7 de la mañana del día 7 de octubre, a pesar del fuerte temporal reinante, don Juan de Austria decide enfrentarse con el enemigo. La voz del vigía anuncia la vista del turco, descubriéndose que la flota es mucho más numerosa de lo que se suponía, lo que a su vez desencadena un desánimo generalizado que forzó la intervención del Capitán General, dando las órdenes oportunas para la preparación del combate, al tiempo que inspecciona una por una las naves:

      “A morir hemos venido, y a vencer, si el cielo así lo dispone. No deis ocasión a que con arrogancia impía os pregunte el enemigo ¿dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, que muertos o victoriosos gozaréis la inmortalidad.”

Don Juan manda soltar a los presos por delitos comunes, prometiéndoles indulto en el caso de que manifiesten bravía en la lucha.

Por su parte Alí-Bajá, jefe de los turcos, infunde animosidad a sus soldados:

      “Hermanos: haced lo que estáis obligados por el buen tratamiento que os he hecho, que yo os prometo que si tengo victoria os daré libertad, y si hoy es vuestro día, Dios os la dé.”

En las naves cristianas se reparten escapularios, crucifijos, medallas y otras insignias religiosas, y cada uno de los soldados se aplica al rezo.

“La Sultana” de Alí-Bajá da un cañonazo en señal de desafío. “La Capitana” de don Juan le responde. Un segundo cañonazo y su respuesta. 141.000 hombres se van a enfrentar en combate: 64.000 cristianos y 77.000 turcos. 208 embarcaciones cristianas y 251 turcas maniobrarán al tiempo que su artillería expulsa balas de hierro de sus cañones. Hasta 250.000 litros de sangre teñirán las aguas del Mediterráneo.

Nada más comenzar el combate y a los primeros cañonazos, las partes altas de la nave de Alí se desploman. Sus soldados se atemorizan y algunas naves comienzan a retroceder, rompiendo la formación, y la línea de frente se manifiesta maltrecha; pero avergonzado, Alí-Bajá toma personalmente el timón y ordena el avance.

  

Mueren algunos capitanes de las naves cristianas, e incluso “La Capitana” de don Juan estuvo a punto de ser apresada, cosa que evitó la escuadra veneciana. Retumban los arcabuzazos, silban las flechas, a un brío se opone otro, a una decisión de ganar otra más firme de vencer, a una esperanza en Cristo, un pensamiento en Alá.

En “La Marquesa” de don Juan Andrea Doria hay un soldado aquejado de fuertes fiebres que desea luchar; se llama Miguel de Cervantes Saavedra; el capitán intenta persuadirle para que se retire al no encontrarse en condiciones de combate. Con serena y fría dignidad, Cervantes rechaza la propuesta manifestando que “más quiero morir peleando por Dios y por mi Rey que mi salud”, y suplica que “me ponga en la parte y lugar que sea más peligrosa, y allí estaré y moriré combatiendo.” Es alcanzado por dos arcabuzazos de los que uno le da en el pecho y otro le golpea el brazo izquierdo.

Una nave turca huye rumbo a la costa, a la que sigue otra, y otra, y otra… Unas encallan, otras alcanzan la orilla; las naves cristianas les dan caza. La mayor parte de los hombres se arrojan al agua; unos consiguen salvarse a nado y la mayoría perece ahogados. La artillería cristiana continúa disparando y la mar se cubre de cadáveres, remos, trozos de velamen, cajas de vituallas, turbantes…

Las naves de los turcos que aún permanecen a flote, arremeten contra las naves cristianas, y “La Capitana” está a punto de ser alcanzada por “La Sultana”, cosa que consigue más tarde, saltando Alí a la nave de don Juan de Austria, seguido de cuatrocientos soldados que inician el abordaje con una lucha feroz. La nave cristiana necesita ayuda, acudiendo varias galeras en su auxilio, forzando a retroceder a los turcos, viéndose acorralados tras duros combates cuerpo a cuerpo durante largo tiempo. Alí, rodeado de un grupo minúsculo de sus hombres resiste en la popa. La rabia se le manifiesta en el rostro, y se les escuchan las más hirientes maldiciones a los cristianos. Un arcabuzazo le alcanza en la frente y cae herido, rodando hasta el primer banco de remeros, y allí, cierto galeote cristiano arranca el sable a un moribundo que tiene cercano y de un solo golpe le corta la cabeza. Atruena entonces el aire un grito estentóreo que brota del pecho de los combatientes cristianos: ¡Victoria!; y en “La Sultana” es arriado el estandarte del Profeta Mahoma e izado el de La Liga.

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