Libreas en Sevilla - 1572

 

La primera referencia a La Librea de Lepanto, la hace el escribano Pedro de Oviedo en 1572, en la “Relación de las sumptuosas y ricas fiestas, que la insigne ciudad de Sevilla hizo, por el feliz nacimiento del príncipe nuestro señor. Y por el vencimiento de la batalla naval, que el serenísimo de Austria tuvo, contra la armada del Turco”.

Con este largo título, Pedro de Oviedo relata las fiestas que se celebraron en las primeras semanas de enero de 1572 en Sevilla, y que se prolongaron hasta el carnaval del mes siguiente, para conmemorar una doble efeméride ocurrida en la proximidad del tiempo: La victoria de don Juan de Austria en La Batalla de Lepanto, y el nacimiento del Príncipe Fernando (hijo de Felipe II y heredero del Imperio Español), tal como describe minuciosa y magistralmente García Bernal en su trabajo “Análisis de las xilografías de la relación de las sumptuosas fiestas…de Sevilla de Pedro de Oviedo (1572).

El corregidor de Sevilla, letrado Pedro López de Mesa, autorizó mediante una orden firmada el 27 de febrero de 1572, la impresión de un libreto que diera cuenta de las solemnidades que acababa de tributar la ciudad de Sevilla, licenciando para ello a Pedro de Oviedo, escribano del concejo hispalense en el que había entrado a servir el año anterior:

      Por la presente do licencia a vos Pedro de Oviedo, vezino desta ciudad, para que podays hazer impremir, la relación de las fiestas que esta ciudad ha hecho, por el nascimiento del príncipe don Fernando nuestro señor, y por la victoria que el serenissimo don Juan de Austria tuvo, contra la armada del gran turco. Y mando que por tiempo de un año ningún impresor la pueda impremir, si no fuere el que vos nombraredes, so pena de cincuenta mil maravedís para la cámara de su Majestad. Fechado en esta ciudad de Sevilla, a veynte y siete días del mes de Febrero, de mil y quinientos y setenta y dos años.

La victoria de Lepanto había ocurrido el 7 de octubre, y cuando los júbilos de tan fastuosa celebración aún se escuchaban en las calles, llegó la noticia del nacimiento del príncipe Fernando, hijo varón de Felipe II y heredero del Imperio; acontecimiento que se produjo casi dos meses después, el 4 de diciembre, lo que movió al gobernador de Sevilla a poner en marcha una celebración conjunta de los dos sucesos.

Las fiestas consistieron en desfiles solemnes de carros que eran portadores de estampas con motivos alegóricos al nacimiento del príncipe Fernando y a la Batalla de Lepanto; estampas en las que los actores representaban a los diferentes personajes que intervinieron en la gesta. En estos desfiles no faltaron las cuadrillas que interpretaban a los turcos en actitud agresiva o humillante, dependiendo de la figuración a la que hiciese referencia la escena; y tampoco faltaron las cuadrillas de vencedores que aparentaban la nobleza y entereza en la batalla de los caballeros de la Santa Liga. También desfilaron en las fiestas las galeras enemigas del turco, interpretadas con signos de penalidad y desazón, en virtud de la debilidad y fragmentación que presentaron en la contienda.

El orden con el que se desarrollaron los desfiles, revivió el propio orden de la Batalla, así como el rango y la jerarquía del suceso en ambos bandos; así Alí-Bajá manifiesta ferocidad y desmesura, en tanto que Juan de Austria aparece sereno y reflexivo.

En el desfile que salió a la calle el 17 de enero, cuenta Pedro de Oviedo que se hizo para representar el triunfo de la fama con lo ocurrido en Lepanto, y la sucesión de los Reyes de España con el nacimiento de su hijo.

      Llegada la nueva del alumbramiento, repicaron las campanas de la Catedral, y el Arzobispo don Cristóbal de Rojas, con su cabildo, vinieron en orden hasta el altar mayor donde agradecieron la buena nueva entonando el Te Deum. 

      Salieron de la plaza por la calle de Grados hasta la Casa de la Contratación, para dirigirse a los Alcáceres. Allí dieron una vuelta por el primer patio y fueron por las calles más principales hasta regresar a la casa de Juan Gutiérrez Tello.

      El desfile arrancó con los capitanes más renombrados de España, entre los que estaba El Cid como prefiguración del Capitán de Lepanto don Juan de Austria. El largo desfile terminó con el personaje de Felipe II, honestamente vestido de negro, con gorra de rizo y con tusón, tras el que desfilaban entre los mirtos y laureles de un carro de triunfo, los despojos de las galeras vencidas, los estandartes sometidos, los turcos aherrojados, sobre los que se erguía una columna dorada con la efigie de don Fernando, recibiendo las señales de reinado: la gloria, la victoria y la ciencia, las cuales le entregaban un cetro, una palma y un libro.

      Yvan acompañando este triunfo muchos hombres de armas y alabarderos, y detrás caballeros de la ciudad, y ministros de justicia. Fueron por toda la ciudad y calles más principales della con esta invención y carro.      

       El 17 de febrero, a iniciativa de la universidad de los mercaderes de la ciudad, se hizo simulacro del suceso de Lepanto.El espectáculo se celebró en la Plaza de San Francisco, recordando la fabulosa batalla y la alianza entre los príncipes cristianos.

      Alí Baxá apareció vestido de seda con marlota turquesa y verde, el turbante con la media luna y la cimitarra en la mano diestra. Su rostro sugería fiereza y denuedo grande, y confianza en la victoria. Le acompañaba el truhán Cazoleta, barba rapada, mostachos postizos y aljaba a la espalda, el cual yva haciendo muchos ademanes al turco, y a la gente que estaba a las ventanas. Su fatal destino sucumbirá al fuego que habían prevenido los inventores mediante pólvora colocada en los pechos y en la lengua del Baxá.

      Poco antes fue la entrada del bando cristiano encabezado por el héroe de Lepanto. El caballero que representaba la persona de don Juan de Austria, llevaba sus arneses grabados en oro, florido plumaje y sayete de tela dorada, el mismo tono que guarnecía las cubiertas y borlas del caballo.

      Abría paso, anunciado por los clarines italianos, el pendón del Consulado; el paño exhibía por un lado las armas reales, y por el otro las de Sevilla con la letra Consulatus populusque Hispalensis.

       Estaba pintada la batalla naval, que dio el sereníssimo señor don Juan de Austria a Alí Baxá, general de la mar por el gran turco. Estaban assi mismo pintadas las dos Galeras reales, trabada entre ambas la batalla con demostración de la entrada que en la del Baxá se hizo, y con otras muchas galeras, unas que peleaban y socorrían, y otras que huyan y zozobraban.

      Al término de la batalla, el personaje que representaba a don Juan de Austria, y que había combatido a la sierpe en la Plaza de San Francisco, encabezaba la cuadrilla de los capitanes cristianos en el desfile victoriosos ahora y con esplendor de los semblantes. El señor don Juan yva armado con armas doradas, con su espada desnuda en la mano, y en la otra la cabeza del Baxá, acompañado de muchos alabarderos. Avía muchos estandartes y banderas, y una letra que dezía: “Soys un nuevo Josué, y en esta dichosa lid, soys otro nuevo David”. Entraron por parejas con libreas de diferentes colores. Sus arneses yvan grabados y dorados: espuelas, malla, freno, espada, y daga. Las botas, medias y calzas yvan parejas de punto y terciopelo blanco. Pero las casacas y florones de plumas de terciopelo, estaban diferenciadas por colores. Llevaban todos bastones de mando y una letra que los nombraba y distinguiendo su función, su galera y su pendón. La dama que representaba a la república de Venecia, portaba un estandarte que era de damasco azul con sus armas, de una parte, y la pintura de la historia de Lepanto por el otro.

      La cuadrilla de los turcos venía en hermosos caballos, a la gineta, como era la usanza morisca con atuendo de telas ricas, turbantes de muchas vueltas, ricos tahelíes, almaizares y zaragüelles de damasco; pero estaban prisioneros de guerra y despojados de armas y encadenados por gruesas argollas al cuello; representavan tristeza en significación de venir vencidos.


Dentro de Constantinopla

grande llanto se hazía;

los gritos que dan los turcos

y las mozas que allí había,

retumban por los collados

que grande espanto ponía.

Los turcos visten morado;

las moras sin alegría

se ponen tocas leonadas

que de luto les servía;

unas dizen ay marido,

otras que bien se entendía

dizen, hijos de mi alma

que jamás nos vería;

otros dizen, ay hermano

o primo el que lo tenía;

y el turco dize llorando

de suerte que se entendía:

Ya es perdida la esperanza

que de Mahoma tenía;

reniego de ti Mahoma

y de aquel que en ti confía.

Di perro porqué quisiste

menguar tu honra y la mía.

 

En esta escena plástica de la estampa, en medio del carro se erguía sobre un pedestal el mundo presidido por la alegoría de una Fe vestida de raso encarnado y blanco, con una corona de oro a la cabeza, tocada al romano. El obelisco iba rodeado por cuadros pintados de distintas batallas, entre las que se encontraba aquella que recordaba la victoria de don Juan de Austria sobre la armada turca. De esta manera, la alegoría asimilaba el más poderoso Imperio del pasado y del presente, con el prometedor horizonte de un mundo católico personalizado en el príncipe recién llegado:      

     Salió un niño ataviado a la villanesca, que pidió albricias por el nacimiento del príncipe. Enteradas, las virtudes iban a la fe a darle el parabién. En ese momento se abría el globo por la parte de Europa, y salía un hermoso doncel vestido de raso carmesí, con un estoque en la mano y una cartela de oro en el pecho que decía:“Ferdinandus VI. Defensor Fidei”. El niño de apenas dos años, subía hasta el sitial de la Fe y se sentaba en su regazo; entonces la figura de la Fe se quitaba la corona y la colocaba sobre la testa del príncipe, diciendo en verso:

Pues que tu Real persona

al mundo no será extraña,

esta suprema corona

te la presenta y endona

la Chistianísima España.

Tú serás mi defensor

por herencia paternal

y también por maternal.

No tengas ningún temor

de tormenta ni de mal.

 

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