El Auto de La Librea 2014

El Auto de La Librea 2014

      La puesta en escena del Auto de La Librea, celebrado anoche, antesala de la que se representará en 2015 para conmemorar los 400 años de la apertura al culto de la ermita del Rosario en el Valle de Guerra, me ha dejado un amargo sabor de boca a tenor de los errores de coordinación manifiestos, y a la deficiente interpretación que los participantes – con honrosas excepciones- hicieron del texto.

      Vuelve a cometerse los errores del pasado. Parece que no hemos aprendido; y lo que es peor: parece que no hay voluntad de aprender.

       Eché en falta la figura de un coordinador general. Tuve la impresión de que el Auto se había fraccionado en parcelas independientes que funcionaban de manera autónoma, dejando el buen hacer de la mano de Dios – y de La Virgen del Rosario-, pues cada parcela iba sorteando los problemas que surgían ya en la escenografía, ya en el área musical, en el área técnica, en la operativa, en La Escuadra; cada uno ponía la mejor voluntad de sí para sacar adelante su parcela de responsabilidad, pero a un costo emocional y físico impagable. Tal vez cueste reconocerse que de facto existe una dirección escénica, una dirección musical, y una dirección técnica, una Escuadra, una hermandad religiosa, amén de otras áreas colaboradoras e imprescindibles, como el equipo operativo de montaje, maquillaje, costura, peluquería, y otras colaboraciones que necesitan escuchar una voz única y común que los coordine para que en cada momento, cada uno sepa lo que tiene que hacer, cuándo y cómo; donde ninguna de las partes se sienta menospreciada o desconsiderada, ya que todos son importantes, y la puesta en escena del Auto no se puede realizar dignamente sin la participación de todos, de manera activa y respetuosa. La autocomplacencia y la autosuficiencia son malas consejeras.

      Volvieron los olvidos. ¿Cuándo se va a reconocer la impagable labor que hace el equipo técnico? En el tríptico o programa de mano, la mención del equipo técnico, además de una norma de cortesía, es una obligatoriedad; y tras muchos años de colaboración, nunca ha aparecido el nombre de Fran Perdomo y de sus colaboradores en la productora; tampoco ha aparecido el nombre del técnico de iluminación, Miguel – perdónenme que no escriba su apellido, porque lo desconozco; cosa que no hubiese ocurrido si apareciese en el tríptico-.

       Nuevamente, la iluminación de las escenas en movimiento ha sido deficiente. ¿Tanto cuesta contratar un cañón de luz? Realmente haría falta tres cañones de luz, pero como mínimo, dos resolverían las deficiencias, que el espectáculo se hace para ser visto y oído.

      Llevo años sugiriendo un taller de interpretación, que permita a los participantes -por quienes siento un profundo respeto, y distinguida consideración-, interpretar adecuadamente su personaje, con la dignidad que se merecen, para que de una vez y para siempre se entienda lo que hablan. Esos participantes no han nacido actores, y por tanto, necesitan que alguien les instruya en la vocalización, en la impostación y proyección de la voz, a interpretar el estado de ánimo del personaje - que no tiene que estar siempre enfadado-, que no hay un patrón común, porque cada personaje tiene su propia personalidad, ya sea pesimista, agresiva, miedosa, temeraria o conciliadora.

       Es sabido que se le da predominancia a la escenografía, y que el texto se deprecia a un segundo lugar: craso error, porque la representación del Auto requiere una buena escenografía; sin ella, el texto quedaría expuesto a la imaginación del espectador. Sin música, la representación resultaría fría, inexpresiva, indolente. Sin un buen equipo humano y técnico de sonido, no escucharíamos lo que en el recinto escénico ocurre con fidelidad. Sin una buena iluminación no apreciaríamos la plasticidad de la escenografía. Podría seguir hablando de la importancia de cada una de las áreas colaboradoras que son imprescindibles para una buena puesta en escena del Auto; pero es que sin Auto, no habría nada que representar; y el texto es el corazón del Auto. Los participantes en él se merecen ser considerados, para que al salir a escena desarrollen su papel con la dignidad que se merecen; viendo cumplida su ilusión de participar en el evento cultural más importante del Valle de Guerra, al que he bautizado con el emblema “Seña de Identidad”, argumentando los razonamientos antropológicos que lo justifican.

       Los pequeños detalles hay que cuidarlos, porque en ellos queda reflejada la grandiosidad o la miseria de quienes los manejan. No se puede invitar a alguien a presenciar el Auto de La Librea y no haber nadie para recibirle, acompañarle, y no tenerle reservado asiento. No se debe dar por entendido que los colaboradores saben qué día y a qué hora se celebra el Auto de La Librea, y esperar a que aparezcan – una invitación por escrito es oportuna, recomendable, y elegante-.

       No se puede descuidar el verdadero motivo de La Librea - y más específicamente del Auto-: la Virgen del Rosario. No basta con decir que se le tiene devoción a La Virgen, sino que se le debe tener el respeto propio de lo que simboliza, y que se le atribuye en el Auto. La figura de la Virgen del Rosario no puede pasar ignorada o ninguneada en la representación. ¿Acaso pasó desapercibida la escena en la que, en el momento que los soldados dirigen sus plegarias a La Virgen, en lugar de mirar hacia Ella, a sus pies -como bien descrito está en el Auto y en el Dictamen que sirve de protocolo para su representación-, aquellos lo hicieran mirando a la carretera general?

       No está bien, no es instructivo, no es elegante usar la plataforma de los ensayos para ridiculizar aquellas escenas del Auto en las que aparece la Virgen como protagonista, o cualquier otro aspecto de contenido religioso. El Auto contempla todos estos aspectos históricos sin entrar a valorar las creencias religiosas de nadie en particular, y siempre con el máximo respeto a la parte cristiana y a la parte musulmana. No se puede permitir que nadie, por representativo que sea su trabajo en La Librea, se permita el lujo de utilizar su influencia para ridiculizar y menospreciar aquellas escenas del Auto en las que lo religioso está presente.

      La Asociación Cultural Amigos de La Librea se fundó expresamente para representar el Auto de quien suscribe - Julio Rodríguez de Castro-; pero el evento ha crecido en todos los órdenes proporcionalmente a la importancia adquirida, ya lo sea en la escenografía, en la magistral Banda Sonora que aporta La Banda de Música Nuestra Señora de Lourdes, el Coro Virgen de Los Dolores, Santiago Melián, Aarón Santana, en los efectos especiales, o en cualquier otro ámbito técnico, divulgativo, o de cualquier otra índole proporcionada por las modernas tecnologías de la información. Y esa importancia de crecimiento exponencial para el Auto de La Librea, requiere necesariamente, que la Dirección de aquella Asociación no olvide el carácter “Cultural” de la misma, y que por tanto, debe tener exquisito cuidado en guardar las formas y la letra, en toda aquella información y actividades que partan de las entrañas de la mencionada Asociación; y si acaso existiesen lagunas en el conocimiento que se les supone, deben ser lo suficientemente humildes para dejarse asesorar por cualquiera de las muchas personas que teniendo la formación oportuna, estarían dispuestas a colaborar; porque la autocomplacencia y la autosuficiencia son malas consejeras.

      Se repite hasta la saciedad que La Librea es “del pueblo” y “para el pueblo”. Siendo esto verdad, sin embargo por el recorrido de los acontecimientos, da la impresión de que La Librea es “del chiringuito de turno” y “para la autocomplacencia de los componentes del mismo”.

       Los esfuerzos y la dedicación de cada colaborador de La Librea son tan grandes, tan denodados, tan silenciosos muchas veces, que sin hacer aspavientos de su cometido, resuelven infinitos asuntos y problemas que nunca llegan a salir a la luz, por su exquisita discreción. Sin ese esfuerzo y dedicación desinteresada, sin ese infinito amor a La Librea que profesan, no se resolverían tantos errores, imprevistos, descuidos, olvidos que pasan desapercibidos, dando la sensación de “normalidad” general, gracias a su profesionalidad unas veces, y a su abnegación otras. 

      Mucho tendrán que cambiar las cosas, para que la celebración el próximo año, de los 400 años de la apertura al culto de la ermita del Rosario del Valle de Guerra, y probable misma antigüedad de La Librea, se pueda desarrollar con la grandiosidad que la ocasión se merece.

       Todo esto se perderá si quienes tienen que tomar nota, no lo hacen.

                                                   12 de octubre de 2014